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No me gustaba hacer abdominales hasta que probé una clase de Pilates

9th octubre 2019

por Ana Morales
2 de septiembre de 2019

Una historia sobre la tortura que suponían para mi cuello los ejercicios abdominales y el placer que experimenté con mi primera clase de Pilates

Lo confieso: no me gustan los ejercicios abdominales. Nada. Nunca me han gustado. En mis tres postpartos siempre hacía la misma pregunta a mi ginecóloga –”¿Cuándo puedo empezar a hacer abdominales?”– con la esperanza de que esa vez conseguiría ser constante y hacerlos sin excusa y sin experimentar dolor en el cuello y en las cervicales. Pero nunca llegué a conseguirlo. Lo intentaba –siempre he tenido mucho tesón–, pero nunca logré que al hacerlos me doliera más el abdomen que el cuello. Ponía en práctica todas y cada una de las recomendaciones que dan los expertos para trabajar los músculos abdominales sin tirar del cuello, pero nada de esto llegó a buen puerto. Está claro que la culpa era mía, y que si me dolían las cervicales durante su práctica, había algo que no estaba haciendo bien, pero la cuestión es que nada ni nadie consiguieron que aprendiera a dominar los abdominales tradicionales. Y con los hipopresivos tuve un inicio de affaire, pero tampoco llegué a dominar la (complicada) técnica de unos abdominales que cada vez tienen más incondicionales, por aquello de que bien hechos no pasan factura al suelo pélvico.

Durante todo este tiempo me he resistido bastante a la idea de dejar sin trabajar esta zona de mi cuerpo. Y siempre me ha rondado la idea de fortalecer el core con otras disciplinas como yoga o Pilates. Pero claro, teniendo en cuenta que el yoga ya lo intenté en otra ocasión y no conseguí concentrarme lo suficiente para hacerlo bien –está claro que no soy un público fácil–, solo me quedaba Pilates. Este verano recordé la entrevista que hice hace tiempo a Lynne Robinson, calificada por The Times como ‘la reina del pilates’, y di con la historia que me motivó de verdad. “El Pilates tonifica todo el cuerpo, pero el cambio más grande que yo he notado durante estos años ha sido en el abdomen y en las caderas. Yo tenía la típica forma inglesa de pera antes de hacer Pilates. Parecía que estaba embarazada sin estarlo. Y el Pilates reestructuró mi cuerpo. Cada ejercicio en una clase de Pilates es un ejercicio abdominal”, decía la experta, por cuyas clases han pasado Sophie Dahl y Liz Hurley entre otras. Es más, hace tiempo un estudio de la Universidad de Auburn en Montgomery (Alabama), comprobó que, además de la plancha, el famoso 100 de Pilates es uno de los ejercicios más efectivos para trabajar el abdomen.

Todo eso sumado al hecho de que varias mujeres de mi alrededor me han confirmado bondades parecidas, me empujó a probar una clase de Pilates. Durante la misma, no paraba de recordar esa frase de Lynne –”Cada ejercicio de Pilates es un ejercicio abdominal”– al tiempo que visualizaba en mi mente el abdomen hipertonificado de Jennifer Aniston y Kate Hudson, algunas de las famosas devotas de esta disciplina. No diré que fuera fácil hacer los ejercicios, pero por primera vez tuve la sensación de que estaba trabajando el abdomen sin dañar mi cuello, terminando una clase placentera con una increíble sensación de bienestar.

“Respirad profundamente para minimizar el esfuerzo y el dolor y trabajar el abdomen”, repetía el instructor de la clase mientras yo intentaba hacerme con los ejercicios y pensaba que, por fin, parecía haber encontrado una clase con la que tonificar el abdomen y otras zonas del cuerpo –fortalece también glúteos, cuádriceps, brazos y espalda– y mejorar un poco más mi calidad de vida. Porque no olvidemos que el Pilates también mejora la flexibilidad, la movilidad y la postura.

Aunque todavía no es momento de cantar victoria, de cara al nuevo curso y para reforzar aún más mis estrategias motivacionales para no abandonar a mitad de curso, no paro de repetirme otra de las frases que me contó Lynne. “Como decía Joseph Pilates, en 10 sesiones sientes la diferencia, en 20 la ves y en 30 tienes un cuerpo totalmente nuevo”.

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